Amor, sexo y soledad en tiempos de apps #10: coitus interruptus

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Amor, sexo y soledad en tiempos de apps #10: coitus interruptus

Paco Arteaga. Siguiendo las premisas del sociólogo Zygmunt Bauman expuestas en su obra Amor líquido. Acerca de la fragilidad de los vínculos humanos, en la antigua sociedad, la anterior a internet, en el siglo XX, el 72 % de los encuentros se producía dentro del grupo de los más allegados: en los centros de estudio o de trabajo, en el círculo familiar o en el de las amistades. En este sentido internet ha supuesto una ruptura, ya que ofrece la posibilidad de entrar en contacto con desconocidos muy fácilmente. Para algunos solteros representa un instrumento inesperado y mágico que les ayuda a salir de su aislamiento. Solo hay que buscar un poco, pues el destino también necesita que le den un empujoncito. Internet solo resulta eficaz si se usa de forma activa.

Mientras estaba de viaje por Toscana durante septiembre y octubre, Daniel (hombre gay residente en Berlín) conoció a Marco el primer fin de semana que llegó a Florencia. Se encendió la chispa de la atracción en plena calle, fuera de un bar gay de la ciudad, aunque ya habían tenido aquella misma tarde un match en Tinder. Conversaron, bailaron, rieron, compartieron una copa y alguna broma, se besaron, intercambiaron números de teléfono. Ninguno de los dos buscaba en ese momento una relación seria, pero de alguna manera una noche puede convertirse en una semana, después en un mes, en un año o más tiempo. Ese imprevisible fogonazo del deseo y de una sola noche para sofocarlo es, según la socióloga Catherine Jarvie, “un punto intermedio entre la libertad de los encuentros ocasionales y la seriedad de una relación importante”.

Dificultades y amarguras Ampliar imagen

Sin embargo, en un momento ya avanzado de aquella noche, Marco desapareció. Seducido y abandonado, una vez más, la tarde del domingo Daniel le escribió a través de WhatsApp proponiendo una cita. Marco nunca le contestó, lo cual desilusionó a Daniel, cercenando toda posibilidad de un nuevo encuentro. "Igual estabas pedo y le soltaste alguna burrada y el tipo se molestó, porque cuando la gente no te conoce a veces eres muy bocazas y puedes resultar muy bestia y muy borde", le comentó una amiga a Daniel, lo que lo hundió más si cabía.

La capacidad amorosa no crece con la experiencia acumulada. En todo amor hay por lo menos dos seres, y cada uno de ellos es la gran incógnita de la ecuación del otro. Amar significa abrirle la puerta a ese destino, a la más sublime de las condiciones humanas en la que el miedo se funde con el placer. En cualquier caso, y a tenor de su accidentada experiencia en las relaciones, Daniel sabe que cuando un tipo no responde a una propuesta es que no hay interés; no cabe otra explicación. Al menos en su cabeza. Se olvidó de Marco, aunque en alguna que otra ocasión acariciase la idea de volverle a contactar pero finalmente se contuviera.

Juegos de poder: mareos y persecuciones alrededor de la mesa

Un mes y medio después, todavía en Florencia, Daniel recibió una solicitud de amistad en Facebook. Era de Marco. Las redes sociales son así: tan desconcertantes como útiles en ciertos momentos. Retomaron el contacto. No obstante, Marco ya había sido juzgado por Daniel: "Un tipo raro que me la volverá a jugar". Marco es el típico tío megaocupado al que le encanta dejar a sus amantes en stand by y que recurre a patrones tales como: tengo una cena pero creo que terminará pronto, te digo algo luego (pero “luego” se convierte en el día siguiente por la tarde); hoy si quieres podemos vernos, pero no sé a qué hora terminaré de trabajar; te contacto varias veces a través de WhatsApp pero no propongo ningún plan. En definitiva: lo que vulgarmente se conoce como “marear la perdiz”. A Daniel le habría gustado decirle: “Me parece muy bien que te las eches de inaccesible, pero eso a mí me desquicia”. Daniel no lleva muy bien los juegos de poder evidentes en que a menudo se convierten las relaciones. Por eso, mientras trata de huir de esas complicaciones se ve inevitablemente atraído y atrapado por esa maraña de confusión de la que luego es incapaz de salir airoso.

Perseguimos la satisfacción instantánea, los resultados que no requieran esfuerzos prolongados, las recetas infalibles, los seguros contra todo riesgo y las garantías de devolución del dinero. Esto supone deseo sin espera, empeño sin sudor y resultados sin sacrificios. Pero según Bauman, sin humildad y coraje no hay amor. Se requieren ambas cualidades, en cantidades enormes y constantemente renovadas, cada vez que uno irrumpe en un territorio inexplorado y sin mapas.

Daniel se adentró inevitablemente en el país desconocido de Marco, pero puede que se dejara guiar por una brújula inservible o el mapa de otro lugar al que creyó que pertenecía Marco. Tampoco conviene perder de vista que en nuestro mundo entregado a la velocidad y la aceleración somos productos desechables. Dependemos del grado de satisfacción que causemos en los demás. En todo momento con la amenaza latente de que siempre puede surgir un producto mejor o incluso la versión mejorada del producto que cada uno ya es por sí mismo. A pesar de los pesares, y después de muchos mensajes infructuosos, Daniel y Marco lograron concertar un par de citas más antes de que Daniel regresara a Berlín.

El amor siempre está al borde de la derrota

Un sábado quedaron para tomar una copa. Compartieron también una cena frugal, de esas de restaurante de diseño impagable, que por suerte el vino alegró un poco, y la compañía bastante más. Observar a Marco no le proporcionaba mucha información, o al menos no aquella oscura con la que Daniel esperaba encontrarse. En persona, Marco resultaba ceremoniosamente amable y encantador, sabía escuchar, elogiar, mostrar admiración e interés verdadero por el otro. Era el contenido de sus mensajes lo que a Daniel no le cuadraba, como si hubieran sido mandados por otra persona. Por eso nunca conviene olvidar que: “Entre lo que pienso, lo que quiero decir, lo que creo decir, lo que digo, lo que quieres oír, lo que oyes, lo que crees entender, lo que quieres entender, lo que entiendes, existen nueve posibilidades de no entenderse”.

En las citas, Marco comentaba más de una vez, lamentándose, que Daniel tenía que partir dentro de poco, a pesar de las insistencias de Daniel para aclarar que volvería algunos meses después y que su intención final era mudarse permanentemente a aquella ciudad. No sirvió de nada. La última vez que se vieron fue un domingo por la tarde, cinco días antes de que Daniel se marchase. Después de un agradable paseo de otoño por Oltrarno, terminaron en casa de Marco. El fuego corporal mutuo pronto se apagó: Marco tenía que prepararse algo de cena y acostarse a ver series en Netflix, así era su ritual de los domingos, según le aclaró. Un tipo fuertemente aferrado a sus rutinas en las que no había espacio para la espontaneidad ni la improvisación, fue la impresión que dejó en Daniel, además de un agridulce regusto a rechazo.

Según afirma la solicitada terapeuta Emma Puig en un artículo reciente publicado en El País Semanal: “Para poder ver la cantidad de cosas que pasan en las relaciones hay que entender a las personas. Y para eso hay dos caminos: uno es largo y fácil, el otro es más corto y difícil. El corto es ponerse en el lugar de la otra persona. Esto es difícil, pero entrenando se llega. El otro, el largo, está al alcance de todo el mundo. Consiste en seguir la anatomía. Tenemos dos oídos y una boca, así que, si queremos entender al otro, tenemos que escuchar el doble de lo que hablamos. Y con un oído hemos de escuchar lo que nos dicen y con el otro lo que no nos dicen…, que a veces es más importante”.

Competir contra Netflix: una batalla perdida

A Daniel le habría encantado quedarse en aquella casa viendo series con Marco —a pesar de aborrecerlas—, pero parece que esa posibilidad no estaba dentro de las opciones a su alcance. "Es que las series de Netflix son muy buenas, abónate al canal y lo comprobarás", le dijo aquella misma amiga a Daniel, golpeando una vez más al que ya estaba en el suelo. Daniel se sintió muy frustrado: ni siquiera le preferían a otro hombre, sino a una serie de ficción. Ahora Daniel intenta descifrar las palabras no dichas entre ambos para desentrañar el fallo que aniquiló lo que él creía un conato de relación. O quizá fuera simplemente, otra vez, solo una cuestión de expectativas asimétricas. Marco le comentó que le llamase antes de irse y Daniel le sugirió lo mismo. Ninguno de los dos lo hizo. Cabía la resistencia o la retirada.

Destrozado mental y emocionalmente, Daniel volvió a Berlín. Casi todo el mundo miente y las mentiras no son importantes. Hay gente a la que adoramos por sus mentiras y esperamos ilusionados a que empiecen a contar alguna de las mejores. No obstante, con frecuencia las mejores son las que nos contamos a nosotros mismos, creyéndolas como si fueran verdades irrefutables. Es lo que comúnmente se conoce como autoengaño. En el otro extremo está el miedo a lo desconocido, germen del autosabotaje: las mentiras más peligrosas que nos repetimos para hacernos daño.

Paco Arteaga Tacoronte (© Paco Arteaga Tacoronte), en exclusiva para CAI, 2017.
Paco Arteaga Tacoronte Ampliar imagen Paco Arteaga Tacoronte (© Paco Arteaga Tacoronte) Paco Arteaga es periodista, fotoperiodista, proofreader y amateur perpetuo. Ha trabajado para revistas de moda, arte, tendencias y estilos de vida, agencias de noticias, de publicidad y de comunicación. Reside desde hace algunos años en Berlín, ciudad en la que —entre otros proyectos— ha cofundado Berlín Amateurs, donde también se las apaña como editor.

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