Susanne Klatten: un perfil de la mujer más rica de Alemania

Susanne Klatten Ampliar imagen (© picture alliance / Andreas Geber) Susanne Klatten: un perfil de la mujer más rica de Alemania

 

La Personalidad

La historia de la mujer más rica de Alemania -a la sazón la tercera del país y la trigésimo octava del mundo, según la lista Forbes de 2016- es, ante todo, una historia poco convencional. En ella abundan sucesos que servirían para inspirar una novela romántica y otros que podrían proveer material para rodar una película que combinase melodrama e intriga -de hecho, y como lo veremos posteriormente, ésta ya existe-. Cualquiera que fuese el caso, el flujo constante y sonante de dinero sería, por supuesto, una parte primordial del argumento.

Lo curioso del asunto, o aquello que pocos sospechan, es que tal grado de exposición caminaría de manera totalmente inversa de aquello que nuestra protagonista ha perseguido toda la vida. Porque si hay algo que Susanne Klatten (1962, Bad Homburg, Land de Hesse) ha cuidado con especial esmero es su vida privada. Para ella es incluso más importante que su envidiable cuenta bancaria o el consabido poder que emana de ésta, al grado de que si tuviera la opción de elegir lo único que participaría del conocimiento público serían su nombre, educación y, a lo más, su estado civil. Su posición en este sentido es tan radical que probablemente detenta el récord máximo de entrevistas rechazadas. Todo parece indicar que el periodista Rüdiger Jungbluth, reportero de la revista Stern -además de, sorpresa, biógrafo autorizado de la familia Quandt, a la que Klatten pertenece-, es el único mortal que hoy día puede presumir el haber conseguido sentarse frente a ella sin más afán que formularle algunas preguntas. Gracias a ese nivel de confidencia, conseguido quién sabe cómo, sabemos que Klatten opina que “incluso cuando se posee una alta suma de dinero hay que estar al pendiente de ella, evitar su despilfarro” o que en el corto tiempo que tuvo como única ocupación el ser ama de casa mientras su esposo hacía unos estudios en los Estados Unidos, fue “la mujer más feliz”.

A pesar del rabioso celo con el que cuida su intimidad, actitud que la coloca en las antípodas de aquel millonario megalómano que gusta de ostentar sus privilegios -es decir, casi todos-, el de Susanne Klatten es un perfil que podría calificarse de austero. No deja de ser un tanto atípico que la poseedora del 12.5% de las acciones de BMW y a la vez potente accionista de las empresas Altana, Nordex, Paques y Avista Oil AG, prefiera las aerolíneas comerciales a los jets privados, o moverse en su Mini que dejarse consentir por lujosas limusinas, pero dicha actitud, más que excéntrica o de plano errática -recordemos a Howard Hughes- lo que de verdad revela es a un ser humano que, aun sabiéndose dueño de todo, no es presa de un deseo de acumulación desenfrenado ni mucho menos de una galopante megalomanía. A decir verdad, la psicología de Klatten, aunque compleja, se antoja bastante más transparente. Su total ausencia de frivolidad parece responder a un inconformismo perenne, o quizá a la asunción de un nivel de responsabilidad que considera una carga a la vez que un elemento irrenunciable de su destino. Casi como si esos dieciocho mil millones de dólares que atesora fueran una bendición a la que se le ha sumado una dosis de angustia.

 

El Horror

Se podría decir que hasta 2007 todo iba más o menos bien en la vida de Susanne Hanna Urusula Quandt, su nombre completo de soltera. Apenas diez años antes su madre, Johanna Quandt, había tomado la decisión de participarla, junto con su hermano Stefan, de la herencia que su marido había dejado en sus manos. De esa manera la dote de Herbert Quandt, que así se llamaba el finado progenitor de Susanne y Stefan, consistente en el 46.6% de las acciones de BMW, fue repartido entre ellos dos y otros familiares -a Klatten le correspondió el 12.5%-. Y lo mismo ocurrió con otras compañías de gran rentabilidad, como la empresa farmacéutica y de productos químicos Altana, de la que Klatten obtendría la mitad de las acciones. En todo caso, a lo largo de esos años en los que se había puesto al timón de un legado tan increíblemente próspero, Klatten se demostró a sí misma y a todos los tiburones ejecutivos situados a su alrededor, que sus capacidades como administradora y ejecutora principal de la firma eran más que óptimas.

Por lo que respecta a cuestiones personales, el porvenir había actuado para con ella de manera igualmente generosa a lo largo de esa década. La relación con su marido, Jan Klatten -con quien contrajo nupcias en 1990-, no sólo la había recompensado con tres hijos -dos niños y una niña- o le había otorgado la opción de adoptar un nuevo apellido, sino que de alguna manera sirvió para confirmarle que su natural inclinación por el hermetismo también podía ser fuente de certezas. No hay que olvidar que, de acuerdo a sus propias confesiones, el mencionado Jan no supo quién era Klatten realmente sino hasta la relación entre ellos más o menos se había formalizado. Eso significa que por cerca de siete meses -de acuerdo a lo afirmado por algunas fuentes- Jan mantuvo un noviazgo no con Hanna Quandt, la heredera de un emporio multimillonario, sino con Hanna Kant, la joven que llegó a la planta de BMW de Ravensburg, donde él laboraba como ingeniero, con la intención de hacer unas prácticas. “Sencillamente quería saber si me amaba por lo que soy”, declaró varios años después Klatten como para justificarse, aunque lo cierto es que el presentarse de incógnito en situaciones de diferente índole era algo que solía hacer con frecuencia.

En todo caso, y como ya hemos señalado, 2007 fue para Susanne Klatten un verdadero Annus horribilis. Para empezar, en ese año se destapó públicamente el affaire que mantuvo durante varias semanas con el suizo Helg Sgarbi, un hombre sin escrúpulos que empleó sus artimañas para seducirla, primero, y para extorsionarla después. Luego de lo narrado hasta este momento, es de imaginarse el enorme dilema que significó para Klatten el preferir confesar su desliz abiertamente, y con las consecuencias que ello significaba, que prestarse a ser víctima de un chantaje. Y aunque la policía apresó y encarceló al estafador, y Jan y el resto de su familia la acogieron sin problemas, otorgándole una disculpa tácita, para una aguerrida abogada de la privacidad como lo es Klatten el ser objeto del escarnio público debió de ser una pesadilla. De un momento a otro la millonaria sobria, que prefiere la ropa modesta a la signada por un diseñador, aquella mujer que en palabras de Jungbluth, que la conoce muy bien, se distingue por ser “extraordinariamente disciplinada y cuidadosa, dedicada al trabajo y contraria a participar en eso que se llama jet-set”, se convirtió en la comidilla de las revistas del corazón y, para más inri, en el personaje de la infumable In Der Falle, película cuya trama supuestamente se basa en su amorío con Sgarbi.

Como si eso no bastara, poco después de que el mundo entero tuviera conocimiento de su infidelidad, en la televisión fue estrenado El silencio de los Quandt (Das Schweigen der Quandts), documental que sacó a relucir el provecho que el abuelo de Klatten, Guenther Quandt, había obtenido para BMW gracias a su cercanía con las altas cúpulas del Tercer Reich. Basada en una gran cantidad de documentos, la cinta mostró que BMW no únicamente formó parte de la maquinaria de la Segunda Guerra -entre otras cosas, producía motores para la Luftwaffe- sino que se hizo de la vista gorda ante la explotación de cientos de prisioneros, mismos que fueron sometidos a trabajos forzados en beneficio de la compañía. Fiel a su manera de ser, Susanne Klatten no declaró nada al respecto, pero es de imaginar que, al menos por un momento, se sintió incómoda de saberse parte la quinta generación de esa dinastía llamada Quandt. Después, resignada, habría de concluir que la única opción que quedaba para paliar los sinsabores era la de seguir siendo ella misma. Así que se puso de pie y continuó.

 

La Transparencia

Tras todo lo referido anteriormente, ¿quién podría decir con exactitud quién es Susanne Klatten? Si por lo general, al menos en lo que respecta a celebridades, apenas y se conoce la punta del iceberg, ¿cómo descifrar a quien se deja guiar por una discreción que casi roza con el extrañamiento del mundo, al menos del mundo público? Tal vez la respuesta sea más sencilla de lo que se sospecha. Quizá en aquellas veces en las que Klatten no está reunida con figuras políticas como Sigmar Gabriel, o presta a recibir alguna mención -entre otros reconocimientos, ha sido condecorada con la Orden del Mérito de Baviera-, o involucrada en alguna iniciativa suya, como la Skala-Intiativa -que consta de un fondo de cien millones de euros para diversos proyectos y organizaciones sin ánimo de lucro-, Klatten actúa como cualquier otra mujer trabajadora de 55 años. La que se dirige al personal de limpieza con la misma cortesía medida que emplea con los otros miembros del consejo administrativo de su empresa. La que se preocupa por los estudios de sus hijos y las enfermedades de su esposo. La que tiene a ratos jaquecas, mal humor y la risa presta para el chiste colorado.

Quizá se comporta simplemente como lo que después de todo, y en el fondo, está consciente que es: una persona más.  

Carlos Jesús González Ampliar imagen Carlos Jesús González (© Carlos Jesús González) Carlos Jesús González @CjChuy, en exclusiva para CAI, diciembre de 2017.

Carlos Jesús González. Periodista y escritor mexicano. Vive en Berlín desde 2006, donde labora como corresponsal de CAI y como colaborador free-lance de diferentes medios mexicanos y alemanes. Tiene un especial interés por los temas culturales y políticos. Es amante absoluto del cine, la literatura y la agitada vida berlinesa. 

Sitios de interés:

Entrevista en Stern: www.stern.de   

Labor altruista:   www.skala-initiative.de

Carlos Jesús González

@CjChuy

 

 

 

 

 

 

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