Un blanco viaje invernal

Constanze Kleis - La nieve es como una varita mágica que año tras año transforma los paisajes en un cuento invernal.Y aunque no ha llegado en su plenitud en Alemania, vale recordar su halo sobre las personas ahora que ya se deja ver su blanco manto por distintas ciudades y poblados del país.

FranlLukasseck/GettyImages/Photographer´s Choice Ampliar imagen (© FranlLukasseck/GettyImages/Photographer´s Choice) Al principio resulta quizás demasiado frío y más bien seco, a veces incluso desconsiderado, pero a medida que se le va conociendo mejor, se va descubriendo el lado profundo y bello del invierno alemán, que precisamente cuando se pone bajo cero y cae la nieve hace que los corazones ardan rápidamente a temperaturas incluso pasionales. Algunos enardecen hasta el punto de viajar para caer directamente en sus brazos, lo van a ver allí donde se muestra en todo su esplendor y demuestra de lo que es capaz. En la Selva Negra, en Harz, en Erzgebirge, en Taunus, en Rhön y, por supuesto, en las únicas altas montañas de Alemania, en los Alpes y la zona prealpina, en todos los lugares que por su altitud vienen a desenrollar la alfombra roja para el frío y la nieve.

Resulta práctico que en Alemania se pueda disfrutar delante de la puerta de casi cada casa de un maravilloso paisaje invernal que reaviva la capacidad de asombro ante la fastuosidad que puede desplegar la naturaleza y ante la sencillez de los medios con los que puede transformarlo todo. Su varita mágica es la nieve, que despliega amplitud y calma, y el claro sol de invierno aporta el brillo perfecto para iluminar el escenario. De levantar los ánimos se encarga la claridad del cielo y una oferta de actividades que supera con creces las posibilidades existentes en verano: las regiones nevadas de Alemania son epicentros del deporte y ofrecen numerosas posibilidades para disfrutar de ese mundo blanco como el esquiar, hacer excursiones con raquetas de nieve, snowboard, tirarse en trineo o patinar sobre hielo. En Alemania hay hasta “hielo permanente” en el monte Zugspitze, en cuyas laderas hay tres glaciares, entre ellos, los dos mayores de Alemania: el Nördlicher Schneeferner de 30,7 hectáreas y el Höllentalferner de 24,7 hectáreas.

En el Brocken, en la región del Harz, las condiciones se asemejan a las de Islandia y con sus 1141 metros viene a ser el Kilimanjaro del norte de Alemania. Es cierto que sopla un viento condenadamente frío, pero también hay 120 días de nieve al año, lo cual supera la media. “El Brocken es un alemán” escribió Heinrich Heine en 1824 en su obra “Viaje por el Harz” y seguramente quiso decir que las semejanzas entre la belleza melancólica del paisaje y el carácter de la gente no son casualidad.

Pero el invierno alemán también tiene su parte soñadora, por ejemplo, cuando cubre el castillo Neuschwanstein, la fantasmagoría petrificada del rey bávaro Ludwig II, con una capa de nieve y escarcha, cual azúcar espolvoreada, que hace pensar que tiene que tratarse de alguna formación de nubes especial, algo así no se encuentra en ninguna otra parte. Por eso no es de extrañar que, para muchos, haga tiempo que el invierno alemán que presencian año tras año se haya convertido en un sinónimo de “hogar”. Los mágicos paisajes que crea -siempre y cuando nieve- no dejan frío a nadie. Al contrario, quedan enraizados en la memoria emo­cional. Eso lo afirman muchos que creían poder vivir muy bien sin hielo y nieve y se habían decidido por una vida de sol permanente. Después de un par de diciembres bajo las palmeras, muchos alemanes se percatan de que un invierno sin la perspectiva de disfrutar de nieve en las alturas y de valles cubiertos de escarcha, de la soledad del bosque nevado, sin trineos ni nieve crujiente bajo las botas, viene a ser como perder a un semejante. Y lo que realmente sería una lástima es que el cambio climático y el calentamiento global hicieran que el invierno pasara a ser un lejano recuerdo.

El invierno alemán, al fin y al cabo, prácticamente viene a formar parte del patrimonio cultural. Los viajes invernales tienen tradición en la literatura desde Goethe a Heine o Wolf Biermann. Y el invierno también ha inspirado maravillosas canciones populares como la canción infantil “Schnee­flöckchen, Weißröckchen” y muchas otras cosas relacionadas con el invierno como el cuento de “Madre Nieve” de los hermanos Grimm que explica de dónde viene realmente la nieve, pero también cosas muy ricas que forman parte del invierno como el “Glühwein” o el “Feuerzangenbowle”, el asado de ganso o los dulces llamados “Leb­kuchen”. Estos son algunos de los motivos por los que el invierno alemán es, sobre todo, un auténtico manual para ser feliz.

Constanze Kleis, Cortesía Magazin-deutschland -reposición- 2017.